
La obra maestra de García Márquez es un clásico de la narrativa mundial y se ha traducido a todos los idiomas literarios. La obra fue publicada en Buenos Aires en 1967 bajo la editorial Sudamericana. Tuvo una tirada inicial de 8.000 ejemplares.
Actualmente ya se han vendido más de 30 millones de copias a lo largo de las diferentes ediciones, superando en número de ventas a cualquier otro escritor
de origen latinoamericano.
De entrada, el hecho que llama la atención es la estructura circular que sigue la narración. El círculo no quedará cerrado hasta el sorprendente último párrafo de la obra. Todo comienza con la cola de cerdo y todo finaliza con la cola de cerdo. El paralelismo entre los personajes de la novela, entre José Arcadios y Aurelianos, lleva a la protagonista a especular en un principio y convencerse en un momento final sobre los nombres de los integrantes de la cuarta generación de la mencionada estirpe.
Otro de los aspectos destacables en las líneas de Cien años de soledad es el hecho de todos los miembros varones integrantes de la estirpe de los Buendía sean llamados José Arcadio o Aureliano. Lo que en principio debería suponer una dificultad para que el lector siga la trama narrativa que propone Gabriel García Márquez se convierte, on el transcurso de la lectura, en un reclamo más para introducirse de lleno en la obra. Cada pieza de la familia es totalmente
reconocible a través de su personalidad y sus actos de manera que, sin olvidar el paralelismo antes citado, todo José Arcadio o Aureliano es único e irrepetible a pesar de su nombre, dotando así a la obra de una gran originalidad.
Destaca la condena al neocolonialismo que devastó Latinoamérica. Los gringos invaden Macondo con la llegada de la compañía bananera, a través de la cual abusarán de sus ciudadanos. La historia acabará con la muerte de más de tres mil trabajadores de Macondo a cargo de los yankees y el posterior abandono de los cadáveres en el mar.
Si se le puede poner un único pero a la maravillosa historia es el hecho de que los personajes finales no atraen tanto como los primeros. Su personalidad y circunstancias son brillantes por sí mismas, de manera que el lector se encuentra navegando en el eterno mar que el autor ha creado para desentrañar el universo de Macondo y sus habitantes. José Arcadio Buendía tratará de conocer todos los engranajes de cada invento que el gitano Melquíades lleve a Macondo, una persona cuya fascinación científica llevará al mundo de la locura y posterior muerte en condiciones semi-infrahumanas.
La constante Úrsula, mujer que jamás dejará de preocuparse por la continuidad de la familia, erigiéndose como el vínculo de unión entre todos sus miembros, capaz de criar a seis generaciones de la estirpe de los Buendía, una mujer que nunca se preocupó
por su propia felicidad, sino que esta felicidad consistirá para ella en ver la perdurabilidad
de la raza. José Arcadio y sus odiseas en compañía de los gitanos, con su posterior regreso a Macondo y su matrimonio on la que creía ser su hermana Rebeca, teniendo una muerte tan misteriosa como mágica. Amaranta, y su eterna quemadura en la mano como penitencia de ser la causante del suicidio de Pietro Crespi. Pilar Ternera, madre de Arcadio y Aureliano José, siempre repudiada por los Buendía pero dotada de un fantástico poder para conocer los problemas de cualquier varón de la familia y, sobre todo, Melquíades, el gitano que se presentará a lo largo de toda la obra como un ser inmortal, primero en vida y luego en espíritu, y que será el encargado de guiar a los diferentes miembros para revelarles la historia y el destino del linaje Buendía, cuyo secreto ya había previsto y plasmado en sus imperecederos pergaminos.
Podrían escribirse millones y millones de líneas y no se llegaría a poder analizar en profundidad la novela de Gabriel García Márquez. Cien años de soledad es una obra de la que ningún amante de la literatura puede prescindir. Una fábula en la que se detalla el universo de un pueblo llamado Macondo. Un mito a través del cual se narra la tristeza e infelicidad eterna de José Arcadios y Aurelianos.
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